Cierta noche miré el cielo,
lo encontré tan profundo
y a la vez tan cercano,
que no resistí la tentación
de ir por ti, mi lucero.
Y en ese horizonte
de diamantes quebrados,
deshojé el alba
y le pregunté si aún me amabas…,
y me quedé con un tallo de luna
vencido entre mis manos,
y un cielo rojizo
brotándome en los ojos cansados.
Qué misterio de la noche aquella,
momento inaugural de la nada
en que mi corazón, vacío de estrellas,
sangró la utopía
de que todavía me amabas.













