Tú
mi
cándida
y preciosa luz,
que iluminas el albor
de aquella, mi vieja y gastada juventud,
renueva con tu mirar el camino del amor y vuelve esta noche a mi
para gozar juntos la vida en plenitud
y olvidar el duro dolor
de reconocer:
nada soy
sin
ti
y
yo
contigo,
a merced
del amor sin par,
estrujaré de las rosas
su néctar de miel y de la piel su suavidad,
para dartelo a beber en suave murmullo de sinfonía angelical.
Del ayer nada quedará, menos el dolor
que tanto nos hizo llorar.
Quiero ahora
sin miedo
dar
paz.
Eduardo Albarracín

